
Desde hace algún tiempo la sal goza de mala prensa y se hacen campañas para reducir su consumo, al considerarse causa de muchos males, entre ellos la hipertensión.
Curiosamente se ha elegido de chivo expiatorio al pan, tan denostado en nuestros días por su baja calidad y fuente de hidratos de carbono, y no se toca a la industria alimentaria que es la que a través de sus platos precocinados y congelados está intoxicando a la población con su alto contenido en sal refinada.
¿Es tan mala la sal?
La sal de mesa, que se vende en los supermercados está compuesta en un 97,5% de cloruro sólido, y un 2,5% de componentes químicos como antiaglomerantes. Tras el lavado se somete a un proceso de secado a temperaturas de 650ºC que alteran su estructura natural.
Es decir, se trata de sal que ha sido químicamente depurada. Después de este depurado lo que queda es únicamente cloruro sódico, más difícil de metabolizar por el organismo y se han perdido todos sus minerales. Por esta razón, tras el proceso de refinamiento se le añaden yodo y fluor incluso a las que se venden como “sal marina”.
No se trata de “sal” propiamente dicha, sino de un subproducto de ésta de la que la única cualidad que conserva es la de dar sabor salado a los alimentos.
Por eso es importante consumir auténtica sal marina obtenida de forma tradicional, que conserva sus minerales y oligoelementos, por lo que, usada en pequeñas cantidades, contribuye a equilibrar la dieta, además de dar un excelente gusto a los platos.
